Me gustan mucho este tipo de tartas, que son ligeras, nada empalagosas y además se hacen en un momento.
La mezcla del queso con la gelatina de limón queda riquísima y da consistencia a la tarta (al hacer la foto tenía mucha luz en la habitación y no se aprecia el color amarillo claro del relleno); además, la cobertura de frambuesa (o de fresa) le va perfecto. A mí me gusta hacerla de un día para otro y dejarla toda la noche en el frigorífico, queda más asentada y está bien fresquita.
La primera vez que la hice, a mi marido le gustó tanto la pinta que tenía que se la llevó al trabajo para que la probasen sus compañeros, así que me tocó hacer otra al día siguiente para la familia. Me comentó que la repartieron entre todos después de comer y no quedaron ni las migas, ¡eso es buena señal!.
En casa pasó un poco lo mismo, porque vinieron unos amigos con sus hijas a merendar y tomar café, y la verdad es que a trocitos y entre charla y charla, cayó casi entera (el resto nos lo tomamos al día siguiente después de la cena). Es una tarta muy fresca.
¡Espero que os guste!
Sigue leyendo