¡Cómo me gustan las rosquillas!, me traen recuerdos de la infancia.
Hacía muchos años que no las comía, hasta que una amiga de los abuelos de mi marido, Carmen, nos dio una caja de rosquillas recién hechas, ¡qué ricas! Y si no, preguntárselo a mi niña pequeña que casi se empacha. Mi suegra se las tuvo que esconder y cuando al día siguiente volvieron a casa de Carmen, según entró por la puerta dijo: “uy, qué hambre tengo” para ver si la daban más rosquillas, jajaja.
Son muy fáciles de hacer y salen bastantes. Para que se conserven bien, basta con guardarlas en una caja hermética o en bolsas para congelar bien cerradas. Yo las hago con aceite de oliva suave, pero si no tenéis, también quedan perfectas con aceite de girasol.
¡Espero que os gusten!